Los truenos se oían por todas partes. Yo andaba dando tumbos por la acera, arrastrándome, avanzando como podía, apoyada en las fachadas de los diversos edificios que iba encontrando a mi paso.
Iba descalza, tenía frío. Mi vestido estaba rasgado y lleno de sangre. Faltaban trozos de tela por todas partes. Mis medias estaban rotas. Bajo mis ojos asomaban churretes negros de la pintura corrida. La barra de labios roja estaba esparcida por toda mi magullada cara. El moño que me recogía el pelo estaba totalmente desecho, a lo cual ayudó el torrente de agua que había comenzado a caer.
En la mano izquierda sostenía una piedra informe de cantos puntiagudos, también estaba ensangrentada.
Instintivamente miré hacia atrás. EL dueño del bar estaba tumbado boca abajo, no se movía. Un charco de sangre se ampliaba alrededor de su cabeza conforme transcurrían los segundos, como un halo color burdeo.
Me giré y seguí alejándome de allí con los oídos totalmente taponados, las formas y objetos de aquella calle se me seguían antojando borrosos y las nauseas subían y bajaban por mi estómago a su antojo...
Eché a correr.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
akdhsjfgdh