Entreabrí los ojos con el sonido del despertador. Con los años he acabado cogiéndole manía a ese sonido tan repetitivo y taladrante.
Me senté en la cama aún con los ojos medio cerrados, casi por inercia. Los abrí y mantuve mi mirada perdida en algún punto de la habitación. En realidad no recuerdo qué miraba exactamente. Me encontraba en esos instantes, cuando recién te despiertas, en los que tu mente vaga desorientada y perdida.
Bajé el pie izquierdo de la cama buscando a ciegas la zapatilla. Para muchos, este acto puede significar tener un día penoso; sin embargo, yo lo considero un ritual. Lo llevo haciendo desde hace años y no me ha ido tan mal.
Coloqué la otra zapatilla en mi pie derecho y apagué de un manotazo el despertador, que ya me estaba crispando los nervios.
Me desperecé y me puse en pie. Dirigí mis pies hacia el cuarto de baño, más bien los arrastré. Me lavé la cara y con ésta aún húmeda, me miré al espejo: ojos hinchados con grandes bolsas, oscuras ojeras, maquillaje corrido de la noche anterior y pelo enmarañado y con algo de confetti, del cual no recordaba absolutamente nada pese a los enormes esfuerzos que estaba llevando a cabo por acordarme de dónde había salido y en qué momento había llegado a mi pelo.

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