Por fin había llegado. Impaciente se dirigió a la puerta. Había estado esperándolo durante más de un año. Pero finalmente la distancia entre ambos habría desaparecido y todo habría recobrado sentido. Las continuas cartas y telegramas quedarían en el recuerdo. No volverían las noches de lluvia y tormenta solitarias. El corazón se le aceleraba conforme su mano se estiraba ansiosa hacia el pomo de la puerta. No se detuvo a comprobar quien la esperaba al otro lado. Estaba segura que sería él. Abrió con el corazón en un puño y el estómago saltando de alegría.
Se sorprendió al no reconocer al hombre que estaba postrado en el felpudo. Iba de uniforme, el mismo que llevaba él. Pero no lo era. Lo miró desorientada, sin entender qué estaba ocurriendo. El interpelado le devolvió la mirada y se quitó la gorra mirando hacia abajo sin volver a levantar la cabeza. El silencio podía escucharse en el rellano del piso, en el edificio, en toda la calle. Los latidos de su corazón y todo el ruido de alrededor se pararon de repente.
Ella comprendió. Cerró la puerta. Y comenzó a llorar.

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