
Era una típica tarde de febrero en River City: lluvia, viento, tormenta, calles abarrotadas, atascos, claxons, discusiones…
Una joven con botas de agua amarillas andaba por First Street, con una amplia sonrisa en su rostro, iluminándolo todo a su paso. No llevaba paraguas pero, para ella, eso era una nimiedad. Andaba con largas zancadas, sin pisar los cuadros rojos de la acera, solo se permitía hacerlo sobre los blancos.
En su camino se cruzó con una fuerte discusión entre vecinas por no se qué de una camisa estropeada, con un taxi que pitaba con su claxon a un conductor novel cuyo coche se había calado en mitad de un cruce, con una mujer que gritaba a su marido desde la ventana mientras le lanzaba su ropa como si de piedras se trataran…
Nuestra protagonista danzaba sin prestar atención, en su cápsula, porque para Clara Sinclaire, que así era el nombre de la joven de botas amarillas, siempre era primavera.
La tormenta caía sobre River City de manera violenta. El viento empujaba de un lado a otro las ramas de los árboles de First Street. Las gruesas capas de lluvia hacían imposible ver qué había un par de pasos más allá. Los faros de los coches que circulaban por la estrecha carretera de la calle lo cegaban todo a su paso.
Pero, para ella, siempre era primavera.
Pasó por delante del escaparate de una pastelería y no pudo evitar postrarse ante él. Estuvo analizando los dulces de nata y nueces, los panecillos de leche y los buñuelos que reposaban en varias bandejas de plata durante, al menos, cinco minutos. Tras esto volvió a su danzarina caminata.
Paseó por Second Park, el cantar de los pajarillos que bailoteaban entre las ramas de los altos y frondosos árboles parecían poner banda sonora a su coreografiado paso. De pronto, Clara se paró en mitad del sendero del parque. Cerró los ojos y comenzó a escuchar con atención aquel piar tan variado que procedía de todas partes y de ninguna al mismo tiempo.
Y allí permaneció, inmóvil, porque aquello anunciaba la proximidad de la primavera.
Aspiró el aire tan puro del parque, intentando descifrar los aromas que procedían de los árboles y las flores, clasificándolos en su mente : pino, roble, lila, petunia…
Olores de primavera.
Abrió los ojos y continuó por el sendero. Sus botas amarillas destacaban de entre todas las tonalidades cromáticas que ofrecía el parque, donde el marrón y el verde pregonaban su autoridad hegemónica por todo lo largo y ancho del lugar.
Verde y marrón, colores de primavera.
Finalmente llegó a una alta verja oxidada. Había dejado de llover, aunque el cielo seguía encapotado y los charcos del suelo delataban la tormenta que acababa de pasar.
Clara tiró del pestillo de la verja y entró. El piar de los pájaros de aquel lugar no le era tan agradable, aunque sí muy familiar. Los oía con demasiada frecuencia, pues aquel era su destino diario. Las aves oscuras volaban haciendo círculos.
Las botas amarillas seguían avanzando. Se detuvieron frente a un arbusto de flores violetas y fucsias . Clara tomó varias y, como pudo, hizo un pequeño ramo que unió con el lazo que recogía su pelo.
Volvió a caminar. Tras diez minutos se paró, esta vez delante de una losa de mármol blanco. En ella rezaba una fecha:“21 de marzo de 1974”, y un nombre: Isabella Sinclaire.
Clara dejó el ramo apoyado en la tumba de su madre y se recostó sobre la fría losa. Allí, como todos los días desde hacía un año, la joven de las botas amarillas le regalaba a su progenitora su pequeño trocito de primavera. Ésa que se la arrebató sin más, de golpe, pero que tan buenos, soleados y bienolientes recuerdos de un pasado mejor le traían a la memoria.
Y es que, para ella, siempre sería primavera.
