martes, 12 de enero de 2010

Hoy es uno de esos días (editado)

Foto:Google

Abro los ojos e intento enfocar los objetos postrados ante mí desde la cama. Me levanto aún desorientada, buscando a tientas con la mano mi batín de seda champagne. Me doy la vuelta y tú estás ahí, plácidamente dormido, abandonado al sueño. Tienes un pie fuera de la sábana y no sé por qué eso me hace sonreír. Te observo unos segundos más. Me gusta verte dormir con esa postura tan rara, me gustan los dibujos que las rendijas de la persiana forman sobre tu cara iluminada y tu no te mueves. Duermes muy profundo. A veces me asusta. Me inquieta pensar que tienes el sueño tan profundo que no te inmutarías si hubiera un escape de gas en la cocina, si entran dragones por la ventana o si se quema el café. Te dejo ahí, en la cama, y voy al baño.

La puerta chirría, deberíamos hacer algo con ese viejo trozo de madera que me ametralla la cabeza todas las mañanas cuando, aún ensimismada, me dirijo a darme una ducha. Me paro desnuda frente al espejo. Examino minuciosamente a ojo cada una de las partes de mi cuerpo, comprobando que todo sigue igual desde la mañana anterior. Permanezco allí un tiempo, no sé muy bien porqué, pero es agradable. Me noto distinta, diferente, tengo algo dentro, pero solo yo lo veo, o al menos eso es lo que pienso Me acerco al espejo y hago un escrutinio de mis facciones. Realmente no me reconozco. Espero que tú si puedas hacerlo. De otra manera te seré extraña y ajena y te irás de mí y me quedaré sola, otra vez sola. Creo no estar preparada aún para volar de nuevo, me quedan antiguas heridas de batallas perdidas y guerras sin resolver. No, has de saber quien soy, no puedes haberme olvidado, todavía debe quedar algo en mí que te recuerde quien era. Me ducho. No hay mucho que contar, es la misma rutina todos los días.

Salgo del baño y voy a la habitación con la toalla enrollada al cuerpo. Ya no estás allí. Oigo saltar tostadas, habrás ido a la cocina, supongo. Abro la puerta del armario y busco entre las montañas de ropa desordenadamente apiladas algo decente que ponerme. Tu odias ese caos textil. Eres milimétrico y organizado en todo lo que haces. A veces te enfadas conmigo, no entiendes como puedo vivir entre tal vorágine de desorden. Cuando te exaltas me río y tú me miras sorprendido. Y parpadeas. Parpadeas mucho, como si esperaras estar en un sitio distinto con cada apertura de párpados. Te encanta viajar. Hemos viajado mucho este tiempo. Londres, Milán, París, Berlín, Nueva York y Quito. Tenemos un mapa donde marcamos todas las ciudades a las que vamos. Dices que te agobia pasar mucho tiempo en un mismo lugar. Tienes un espíritu algo nómada, creo. Finalmente me decido por unos jeans y una blusa blanca de algodón.

Voy a la cocina. Ahí estás. Sentado. Con la mirada perdida y removiendo el café con la cuchara. Seguro has echado dos cucharaditas de azúcar. No te gusta mucho el café. Pero lo tomas. Todas las mañanas. Dices que no eres persona si no lo haces. Yo en el fondo no te creo, pero es lo que dices que hace todo el mundo. Te vanaglorias de ser una persona muy común, normal, no te gusta destacar, pero lo haces y te avergüenzas por ello. No lo entiendo. Dirijo la vista a donde se supone estás mirando, pero no veo nada. Estamos en silencio. La habitación está callada. Se oye de fondo el noticiero de la mañana. Dan lluvia para hoy. No tengo paraguas. Tú tampoco. Otro día que haga sol compraré uno grande. Para ti y para mí. Te observo, pero no me miras. Te pongo muecas, pero nada, sigues absorto ante la nada de la pared de la cocina. Me levanto y te doy un largo beso en la frente. Te gustan los besos en la frente. Me gusta que te gusten. Continuamos en silencio. A la voz de noticiero se le une la lluvia. Cae muy fuerte. Escampará en breve. Siempre es igual.

Busco las llaves palpando el abrigo. No están allí, nunca lo están. Las dejas en el platillo de la entrada, como debe ser. Te contemplo a hurtadillas a través de la puerta de la cocina. No estás. Sonrío y me pongo el abrigo. Dices que es demasiado fino para los días de invierno. A mí me gusta. Sé que en el fondo a ti también. Salgo de casa y cierro la puerta.

Te veo luego.

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