Dejé de distinguir los sonidos de mi alrededor, ya sólo escuchaba ruidos indeterminados que procedían de algún lugar, aunque no sabía de donde.
Dejé de distinguir edificios, árboles, kioscos, calles, personas... sólo veía formas de colores difuminados, carentes de sentido y significado.
Dejé de sentir pesado el pecho. El corazón se iba apaciguando cuanto más cercano veía el puente.
- Un último esfuerzo más- les rogué a mis piernas. Éstas parecieron escucharme, porque aceleraron aún más el paso.
Corría, sin pensar en lo que iba a dejar atrás. Ya nada importaba, lo había perdido todo. Yo lo había echado a perder. Todo.
Corría.
Tomé impulso.
Y salté.
